SUS SEÑORÍAS  
Nº 1417 - 20 de junio de 2010

El programa de Rubalcaba y los Presupuestos de Zapatero
entran en colisión

 

Federico Castaño


Escuchar de boca de algunosaltos cargos socialistas que no conviene adelantar las elecciones generales porque la salida a Bolsa de Loterías está en el aire añade un punto de ironía al debate abierto en el Gobierno sobre la conveniencia de interrumpir la lenta agonía en la que parece instalado Zapatero desde que en mayo de 2010 dejó a su partido sin programa, casi un año antes de anunciar su decisión de no repetir en las urnas. Poca importancia tienen los esfuerzos que la vicepresidenta Elena Salgado pone en acentuar el interés de llevar a buen puerto las reformas en marcha cuando ya ni siquiera Emilio Botín sale en defensa del agotamiento de la legislatura, una cruzada en la que ya solo militan Felipe González, Joaquín Almunia y aquellas voces potentes del viejo socialismo más preocupadas por la continua amenaza de los mercados sobre España.

Hace tiempo que todas las alarmas se le han disparado a Zapatero, pero el hecho de que en las últimas semanas se hayan sumado a la tormenta perfecta noticias relacionadas con la voladura del Tribunal Constitucional, la falta de apoyos explícitos por parte de Durán i Lleida (CiU) y Josu Erkoreka (PNV) para sacar adelante los Presupuestos, las dificultades del Santander para colocar sus cédulas territoriales, la fallida salida a Bolsa de Atento (¡pobre Javier de Paz!), las reprimendas públicas al Gobierno de Francisco González (BBVA), el ajuste de cuentas permanente entre Salgado y Miguel Ángel Fernández Ordóñez y la desafección de sindicatos y empresarios hacia la reforma de la negociación colectiva, colocan al presidente en una situación de ictus cerebral como el que, desgraciadamente, ha rondado la cabeza de José Antonio Alonso. Sí, hay pocas dudas de que el Gobierno en su conjunto está noqueado por una coyuntura política y económica que le desborda en todos los frentes, solo a la espera de que se disuelvan las Cortes y se convoque a los ciudadanos a las urnas.

Los problemas que puede originar la bicefalia entre Zapatero y Rubalcaba son una mera anécdota en comparación con la tempestad que envuelve al país en los prolegómenos del estío. En realidad, lo que distingue esta bicefalia de la que sufrieron antaño Adolfo Suárez y Fernando Abril Martorell o Felipe González y Alfonso Guerra es que las tensiones han estallado más pronto, aunque la buena educación de los contendientes haya ahorrado los correspondientes decibelios. Zapatero es consciente de que todavía le resta digerir el golpe de mano que hace unas semanas le propinaron Rubalcaba, Blanco y los pesos pesados del partido para que se dejara de bromas y orillara la carrera sucesoria emprendida con tanta inocencia como entusiasmo por Carmen Chacón. A partir de entonces, Zapatero empezó a ser un presidente zombi, desprovisto de autoridad. Sin liderazgo, sin programa y cada vez con menos seguidores, el presidente quiso marcarse como objetivo el agotamiento de la legislatura, un trofeo que ahora está en peligro porque ni siquiera Rubalcaba encuentra ventajas en desarrollar unas reformas y elaborar unos Presupuestos estatales que, en buena lógica, entrarán en colisión con su programa para concurrir a las elecciones generales. De ahí las altas probabilidades de un adelanto electoral.

Zapatero ha fracasado, finalmente, como equilibrista y le ha dejado a su partido una compleja herencia que, en el corto plazo, ha de combinar la apuesta por nuevos ajustes económicos con propuestas destinadas a recuperar el votante socialista. Es una misión casi imposible, se escucha en los pasillos del Congreso, donde ya no inspira confianza ni siquiera el vínculo que parece obsesionar al presidente del Gobierno y a su círculo de fieles entre reformas estructurales y sosiego en los mercados.

El marcapasos de Zapatero se desliza todavía por la montaña rusa de la prima de riesgo mientras en su Gobierno hace tiempo que hay ministros que no se hablan entre ellos. Las alianzas cruzadas que han surgido en las últimas semanas en algunos debates internos confunden las afinidades ya constatadas. Por ejemplo, de las posiciones enfrentadas entre Rubalcaba y Salgado sobre el alcance de la negociación colectiva no cabe deducir ni mucho menos que ambos han entrado en rumbo de colisión. Pero lo que sí es una evidencia es que el equipo económico está fracturado, puesto que Salgado, Miguel Sebastián y Valeriano Gómez, por poner solo tres ejemplos, siguen obediencias bien diferentes.

En breve, asistiremos a la puesta de largo de Rubalcaba como candidato oficial del PSOE y podremos analizar hasta qué punto su programa electoral y la tarea ejecutada por el Gobierno en el último año penetran en el terreno de la esquizofrenia. Lo que perciben los diputados socialistas adscritos a los diferentes sectores es que, al margen de los fuegos artificiales que nos esperan de aquí a la convocatoria de las elecciones generales, lo que realmente se esconde en las actitudes de los distintos protagonistas es la pugna por el control del postzapaterismo. El caudal de las tensiones en el PSOE discurre muy turbio y salpica de lleno a los organismos reguladores, donde Salgado, Rubalcaba y Sebastián, entre otros, aspiran a colocar sus tentáculos en dura competición.

En la dirección del PP hay quien hace una mueca de desdén ante la carrera alocada que ha emprendido el PSOE para asegurarse el futuro control de los reguladores porque una de las primeras medidas que tomará Mariano Rajoy cuando llegue a La Moncloa será cambiar las leyes e interrumpir los mandatos que acaban de estrenar Alberto Lafuente (CNE) o Bernardo Lorenzo (CMT). Lo del gobernador del Banco de España es otro cantar porque el calendario natural no obligará al PP a ninguna postura forzada de yoga. De hecho, Miguel Ángel Fernández Ordóñez ya ha comenzado a repensar su futuro, escrito en términos diplomáticos.

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