SUS SEÑORÍAS  
Nº 1403 - 14 de marzo de 2010


Vistalegre, cuna y muerte (política) de Zapatero

 

Federico Castaño

En el Gobierno y en el Grupo Parlamentario que le apoya se reconoce que es muy difícil llevar el día a día con el nerviosismo que impera en las filas socialistas por la falta de visibilidad que tiene el futuro de José Luis Rodríguez Zapatero. Cualquier reunión que mantiene el presidente fuera de su agenda habitual se interpreta en clave sucesoria y una nube de periodistas desorientados recorre en las sesiones plenarias los pasillos del Congreso de los Diputados, desplazando de un sitio para otro, rumores para todos los gustos. Que si el presidente y José Bono han hablado de anticipar las elecciones, que si tratan de encajar con calzador a Francisco Vázquez como Defensor del Pueblo, que si están cocinando el guión sucesorio… Con este ambiente tan tenso, al Gobierno le está resultando casi imposible rentabilizar una gestión que, realmente, es difusa, con independencia de si Rubalcaba sale a escena en La Moncloa o se encuentra convaleciente en la cama.

El debate sucesorio lo empaña todo estos días: la fiebre de Rubalcaba, el ‘caso Faisán’, los falsos ERE’s andaluces, las cifras del paro, el barómetro del CIS, las medidas tomadas para ahorrar energía… Al final, todo deriva en los corrillos de la Carrera de San Jerónimo hacia la debilidad del Gobierno, las dificultades que va a encontrar para acabar la legislatura y la decisión pendiente de a quien se va a aupar, finalmente, al cartel electoral. La inclinación de Zapatero de sobreactuar en la crisis libia para focalizar la atención de las malas noticias económicas que están por llegar en la maldad de Gaddafi, encuentra los límites lógicos en un clima político muy acelerado que parece propicio para conducir a Mariano Rajoy, en una especie de alfombra mágica, hasta el Palacio de La Moncloa, sobre todo una vez se conozca el grado del terremoto que sacudirá al PSOE el próximo 22 de mayo.

Por muchos esfuerzos que haga Zapatero para sofocar esta rebelión interna que ya hace tiempo dejó de ser silenciosa, le será muy difícil levantar cabeza porque todo el mundo parece entregado al deporte de hacer leña del árbol caído. Esto es lo que opinan en privado muchos de los diputados socialistas, conscientes de que el partido y el Gobierno se encuentran en un endiablado callejón sin salida. No hace falta hacer demasiados cálculos para anticipar cuanto tiempo tardará el PP en exigir con mayor contundencia que hasta ahora elecciones generales cuando el presidente haya anunciado que tira la toalla, una decisión que algunos de sus más estrechos colaboradores dan ya por tomada. La cancelación del mitin de Vistalegre ha dado nuevas pistas porque la mayoría de las interpretaciones conducen a pensar que Zapatero puede tirar la toalla en el comité federal previsto para finales de mes o comienzos de abril. Vistalegre fue la plaza donde el PSOE aclamó por primera vez a Zapatero como candidato y ahora será, por falta de concurrencia, la que, muy posiblemente, certificará su entierro político. Al presidente ya no le quieren los suyos y de esta forma se ha cumplido el pronóstico que hicimos en esta misma tribuna hace un año: se ha convertido en un auténtico problema para los socialistas, en un dolor de cabeza. Porque nadie duda de que si sumara y no restara, en esta ocasión hubiéramos tenido también nuestra ración de Vistalegre.

Zapatero sigue colocado en el centro de la pista, y le crecen los enanos porque la recuperación económica, su esperanza blanca, se aleja como consecuencia de la subida del precio del petróleo. Más inflación, aumento de los tipos de interés, señales claras de estancamiento económico, castigo de Moody’s, crecimiento del paro…y todo ello acompañado de un aval parlamentario por parte del PNV y de CiU cada vez más crítico y equidistante. Gobierno débil y un presidente sin credibilidad ni autoridad. Panorama feo.

   Todo lo contrario que para el primer partido de la oposición. El PP está dispuesto a arrimar el hombro cuando se traslade al Congreso la propuesta de autorizar la participación española en el contingente de la OTAN que intentará desbloquear la crisis libia, no tiene margen para otra cosa, pero no está por la labor de facilitarle la vida al Gobierno en ningún aspecto que le convierta en cómplice de políticas equivocadas. El pasado jueves, se votó en la Carrera de San Jerónimo la última reforma de la ley de Cajas y los populares eludieron respaldar el decreto ley con argumentos bastantes sólidos expuestos por Cristóbal Montoro: Estamos ante una socialización de las pérdidas, abocados a ventas a saldo y con una restricción del crédito en el horizonte inmediato. La vicepresidenta Elena Salgado no ha tenido a bien resolverle a Alberto Núñez Feijóo el problema de las cajas gallegas, pero sí le ha despejado a Artur Mas el problema de las catalanas blindándolas frente a tiburones extraños. Los agravios comparativos también se disparan en la reforma del sistema financiero y emerge la preocupación cuando en una tarea de este calado, el Gobierno sólo puede conseguir la escolta de los nacionalistas catalanes y canarios, pendiente como está Iñigo Urkullu de que Patxi López transija en la fusión de las tres entidades vascas.

Zapatero ha perdido también la autoridad para disciplinar a los presidentes autonómicos de su partido y no exagero si escribo que se ha dejado también por el camino su respeto. Ferraz se ha convertido en una olla a presión.

 

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