SUS SEÑORÍAS  
Nº 1402 - 7 de marzo de 2010


Ferraz pierde autoridad y Zapatero, su agenda

mientras Rajoy se impone sin despeinarse

 

Federico Castaño

El presidente del Gobierno ha probado el jamón y las aceitunas españolas en los Emiratos Árabes y se ha traído bajo el brazo inversiones comprometidas por importe superior a los 3.000 millones de euros, parte de las cuales irán a las cajas de ahorro necesitadas de capital. Al pisar de nuevo suelo español y antes de viajar a Túnez, se encontró con que José Bono le había dicho a unos niños que ni está ni se le espera en el proceso sucesorio y también con el desbarajuste generado entre Alfredo Pérez Rubalcaba, José Blanco y Miguel Sebastián a cuenta del plan de choque pensado para reducir la factura del petróleo. Nadie en el Gobierno ha sido capaz estos días de arrojar algo de luz, mediante una explicación inteligible, sobre el impacto que puede tener sobre la economía la revolución que anida en los países árabes y el progresivo encarecimiento del precio del crudo. Las previsiones oficiales siguen inamovibles, como si nada estuviera pasando, y descansan en un crecimiento del 1,3% para este año. Ni siquiera se menciona la promoción de un posible plan B que habría que poner en marcha en caso de que la situación empeore. Lo único que ha quedado en la retina ciudadana es la reducción de la velocidad a 110 kilómetros por hora y el ahorro que se persigue en el alumbrado público, como si los graves problemas que aquejan a la economía española pudieran resolverse con una medicina tan sencilla.

La polémica con la que Zapatero se topó en Madrid tras conciliar unos días con los jeques árabes que le recibieron en zapatillas, no sólo ha sido producto de la improvisación con la que se toman decisiones que, en muchos casos, molestan gratuitamente a los ciudadanos, sino también de la ausencia de un relato coherente en el Gobierno que inyecte certidumbre y un poco de sosiego ante un bombardeo continuo de malas noticias. En una misma mañana, se puede leer que un ex economista jefe del Fondo Monetario Internacional sigue pronosticando un rescate para España, que nueve de las 17 comunidades autónomas incumplen el objetivo de déficit o que el coste del paro coloca la Seguridad Social en números rojos. Para poner el tablero en orden, tal vez convendría que Zapatero o alguien de su Gabinete imitasen a Obama y dieran doctrina un día a la semana  para elevar el debate público y recuperar la agenda. Porque, pese a los cambios registrados en el Gobierno, seguimos teniendo a un Marcelino Iglesias hablando con escasa autoridad los lunes desde la atalaya de Ferraz, los martes a un José Antonio Alonso colocado siempre a la defensiva, y los viernes a un Alfredo Pérez Rubalcaba con demasiadas prisas en el cuerpo como para responder las preguntas relacionadas con la sucesión en el cartel electoral.

En este estado de cosas, Mariano Rajoy campa por sus respetos sin apenas despeinarse mientras su grupo parlamentario, por boca de Soraya Sáenz de Santamaría, de Cristóbal Montoro o de algunos portavoces de área, disparan con bala al Gobierno y bombean continuas iniciativas con la misma táctica que ensayó con éxito el PP entre 1993 y 1996. El primer partido de la oposición está consiguiendo con ello mostrar una parte de su alternativa, la más amable, y, al mismo tiempo, dejar sin respiración al Ejecutivo, apuntando contra todos aquellos que pueden auparse por méritos propios o por carambola al cartel electoral. El presidente del Congreso, José Bono, no conoce tregua. El ‘caso Faisán’ puede terminar desplumando a Rubalcaba. La gestión en Defensa, pese a su encefalograma plano, ya ha dejado de ser la balsa de aceite que querría Carme Chacón. Ni siquiera Manuel Chaves, que aspiraba a permanecer fuera del campo de tiro, se encuentra a salvo de la quema como consecuencia del ‘caso Matsa’. Haber estado en el Gobierno y en la oposición es lo que tiene, que se cogen tablas y reflejos. Por eso, el PP tiene ya activadas y en posición de fuego todas las baterías, en previsión de que Zapatero no sobreviva al tsunami del 22 de mayo y convoque elecciones anticipadas.

En un escenario en el que Ferraz ha perdido buena parte de su autoridad ante las federaciones socialistas de mayor peso y en el que el grupo parlamentario socialista sobrevive como puede a las exigencias que le imponen Josep Antoni Durán i Lleida (CiU) y Josu Erkoreka (PNV), hay bastantes diputados del PSOE que están deseando ir a las urnas bajo el lema de sálvense quien pueda. En las filas socialistas aterroriza la posibilidad de chocar con un suelo del 30%, sin precedentes desde la transición democrática, pero se teme aún más dejar en herencia al sucesor un partido hecho cenizas sin posibilidades de recuperar el aliento en varias legislaturas.

El PNV ya tiene decidido sostener a Zapatero hasta que el presidente quiera, pero duda que éste pueda agotar la legislatura si el crecimiento económico se ve frenado en seco como consecuencia de la escalada del precio del crudo y la debacle del 22-M deja sin poder territorial al PSOE. Hay muchos diputados socialistas que opinan que entre todos, incluidos los medios de comunicación, contribuimos en su día a proyectar una imagen de Zapatero que no se correspondía con la realidad. Para no faltar a la verdad, hay que reconocer que hubo un poco de eso: aunque nadie se atrevió a reconocerlo en público, la capacidad del presidente era cuestionada por muchos de los suyos, incluso por algunos de los que más le conocen y le acompañaron desde el primer momento en Nueva Vía, cuando la crisis todavía no había rozado a España. Entonces, caló la idea de que casi todo el PSOE respetaba a Zapatero porque era un estadista con ideas y proyecto de país. Nada más alejado de la realidad. Por eso hay que concluir que lo que se ha caído ahora no es un icono, sino un simple cartel electoral que fue cuestionado desde el principio por muchos de los que prefirieron el halago cómodo a la honestidad. El edificio amenazaba ruina desde que se construyó porque no estaba preparado para los movimientos sísmicos, comenta un veterano diputado socialista.

 

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