SUS SEÑORÍAS  
Nº 1401 - 28 de febrero de 2010

Zapatero mira al 22-M y se olvida de Merkel

 

Federico Castaño

Menos de veinticuatro horas duró la semana pasada el artificial clima de unidad generado en el Congreso por el recordatorio del 23-F. El interés de Zapatero en exhibir los logros de su política social a pocos meses de las elecciones municipales y autonómicas ha sido contrarrestado por Mariano Rajoy con un plato envenenado que resultaría mortal para cualquier Gobierno: 4,7 millones de parados, 43% de desempleo juvenil, 1,3 millones de familias sin ingresos, 1,6 millones de desempleados sin cobertura, ocho millones de ciudadanos por debajo del umbral de la pobreza relativa, ochocientos mil en los comedores de la Cruz Roja, un millón en las colas de Cáritas…

Frente a este triste relato de la coyuntura, el presidente del Gobierno ha intentado refugiarse en las estadísticas, que demostrarían avances en la prestaciones sanitarias, en la concesión de becas, en las ayudas a la dependencia y en las políticas de igualdad. Al calor electoral, Zapatero parece decidido, por fin, a tener en cuenta a los candidatos de su partido que se examinan en mayo y a olvidar un poco la sombra de Ángela Merkel. Se inaugura, así, en la escena parlamentaria una larga campaña en la que el Gobierno va a poder manejar sólo eso, estadísticas parciales, frente a un primer partido de la oposición cada vez más crecido y convencido de su proximidad a La Moncloa. Exceptuando a quienes le acompañan en esos bancos ¿podría usted enseñarme a un español que ratifique sus palabras y su alborozo?, le espetó Rajoy a Zapatero en el debate monográfico sobre política social celebrado hace unos días en el Congreso.

Puede darse por bueno que desde 2004 el porcentaje de PIB dedicado a educación, sanidad y pensiones ha pasado del 14 al 21%, que 700.000 ciudadanos se benefician de las ayudas por dependencia, que el gasto en becas se ha duplicado, que las pensiones mínimas se han revalorizado un 51% o que ya hay 275.000 hombres que se benefician del permiso de paternidad. Pero desde que Merkel dio el puñetazo en la mesa, Zapatero ha congelado las pensiones, ha reducido el sueldo de los funcionarios, ha eliminado bonificaciones fiscales a los asalariados y ha suprimido las ayudas a la natalidad que el propio presidente propició sin discriminación de rentas, pese al rechazo de Pedro Solbes. Estos recortes en el Estado de bienestar no se han visto acompañados de un relato coherente y el PSOE va a comenzar a pagar pronto esa factura. El portavoz del PNV, Josu Erkoreka, le recordaba la semana pasada al Gobierno que el Estado de bienestar no es un chiringuito desde el que se ofrece a los ciudadanos todo tipo de beneficios. En eso, los nacionalistas coinciden con Rajoy: la improvisación ha sido la característica principal que ha presidido la política social de un Gobierno que parecía inclinado a jugarse el presupuesto nacional a las quinielas.

   Los partidos que le están ofreciendo a Zapatero la posibilidad de agotar la legislatura dudan de que quien no supo administrar bien la bonanza, ahora sepa gestionar la penuria. Le apoyan para impedir que el PP anticipe su acceso a La Moncloa con mayoría absoluta, pero cada vez que tienen oportunidad marcan las lógicas distancias. Ni CiU ni el PNV ni Coalición Canaria comparten la forma en que el equipo de Elena Salgado abordó desde el principio la crisis económica, aunque ahora prestan su muleta a las principales reformas con la mosca detrás de la oreja. Temen, con cierto fundamento, que una vez se recomponga el mapa autonómico y municipal después del 22-M, los dos grandes partidos promuevan un proceso de recentralización de competencias con el pretexto de poner algo de orden en las castigadas arcas de comunidades y ayuntamientos. Rajoy ha dicho que Zapatero le recuerda al protagonista de aquel epigrama que dice: El señor don Juan de Robres/con caridad sin igual/ hizo hacer este hospital/pero antes hizo los pobres. Los partidos nacionalistas no son tan críticos con el presidente del Gobierno, pero no se fían de él y sospechan que está engendrando una nueva LOAPA que se justificaría por los efectos tan demoledores que está teniendo la crisis sobre las administraciones públicas.

La izquierda parlamentaria tampoco le compraría ahora a Zapatero un coche de segunda mano. Gaspar Llamazares (IU) y Joan Ridao (ERC) opinan que la reforma del sistema financiero estrangulará todavía más el crédito, que la racionalización del gasto convive con obras públicas faraónicas, que el Gobierno no combate un fraude fiscal que puede suponer el 23% del PIB y que la reforma laboral generará más paro que empleo. No es extraño que ante este panorama tan sombrío y aprovechando la soledad del presidente del Gobierno, Rajoy le haya recordado a Zapatero que lo suyo son los naufragios y que entiende la política social como un flotador para sobrevivir en medio de la tempestad.

Las olas, pese a que en las últimas semanas parece haber amainado la crisis de la deuda, siguen siendo muy grandes y se verán en toda su dimensión cuando gobiernos regionales y municipales abran los cajones donde guardan sus facturas después de mayo. Es posible que el tsunami no arrastre a Zapatero, pero muy improbable que dentro del PSOE se le permita al presidente repetir como candidato en 2012. Felipe González, que algo sabe de esto, ya ha reiterado algo obvio: que el próximo cartel electoral saldrá de una decisión colegiada. Todos parecen haber tomado nota de ello en las filas socialistas porque la marejada aumenta por días. Caminamos, pues, hacia la tormenta perfecta: un presidente sin relato coherente que intenta aferrarse a la política social del pasado como a un clavo ardiendo, un presidente sin acompañamiento sólido en el Parlamento y un presidente que es mirado en su propio partido como un líder interino. Menos mal que, treinta años después, se ha acabado con el ruido de sables.

 

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