SUS SEÑORÍAS  
Nº 1372 - 21 de junio de 2010

Otoño caliente o elecciones anticipadas

El PP acabará retratándose en la reforma laboral. Así lo piensa el Gobierno, una vez que ha sido obligado a tramitar el real decreto aprobado la semana pasada como proyecto de ley al carecer de los apoyos necesarios para sacarlo delante de una sola vez en el Parlamento. Los guiños hechos a Convergencia i Unió a través del nuevo papel otorgado en la intermediación laboral a las empresas de trabajo temporal pueden ser el salvoconducto para que los nacionalistas catalanes ayuden al PSOE en la convalidación de una norma que, en opinión del ministro Celestino Corbacho, supone el cambio más importante emprendido en el mercado de trabajo en las últimas dos décadas.

Aunque el Gobierno lo ha ocultado en sus interpretaciones públicas de forma consciente, el real decreto ha abierto bastante la puerta a los despidos objetivos, aunque seguirán siendo los jueces de lo laboral los que interpreten cuando una empresa atraviesa una situación económica “negativa”. Será a través de las enmiendas de los diferentes grupos parlamentarios donde les veremos retratados a cada uno de ellos y donde se podrá analizar hasta qué punto defienden o no un mayor abaratamiento del despido, una palabra tabú durante muchos años en el lenguaje político. Una clave: el portavoz económico del PP, Cristóbal Montoro, ya ha dejado dicho que el problema en España es mucho más complejo que el simple hecho de facilitar la salida del mercado laboral. Desde hace semanas, ésta y otras voces en el PP vienen pregonando la misma idea, que esta vía no es la solución. Al Grupo Socialista que dirige José Antonio Alonso no le extrañaría nada, todo lo contrario, que Mariano Rajoy se pusiera del lado de los sindicatos en este aspecto de la reforma. La vicepresidente María Teresa Fernández de la Vega ya ha adelantado con ironía la posibilidad de que el primer partido de la oposición abrace el marxismo-leninismo con tal de ponerse al mismo tiempo de lado de los funcionarios, de los pensionistas y de cualquier señuelo que le sirva para atraer el voto. La campaña electoral puede decirse que ha comenzado y que será larga, muy larga.

Con independencia del travestismo que está protagonizando el primer partido de la oposición, el Gobierno tiene un problema de fondo y es que se ha quedado sin discurso y sin capacidad para explicar la producción del Consejo de Ministros desde que Zapatero se sometió de la noche a la mañana a los dictados del directorio europeo. En el PSOE se duda de las facultades comunicativas que acompañan a Elena Salgado o a Celestino Corbacho, las dos personas que, en buena lógica, estarían obligadas a transmitir las mayores dosis de credibilidad dentro del Gabinete. Algunas voces del Grupo Parlamentario consideran urgente colocar a Alfredo Pérez Rubalcaba en la portavocía del Gobierno para que hable mucho de todo, en particular, de la política económica. Claro que ello necesitaría de mucha cocina previa y de un relato que, hoy por hoy, tendría grandes dificultades para resultar coherente, sobre todo en los oídos de los votantes socialistas.

El cambio de prioridades en el Gobierno y la urgencia en evitar una tormenta perfecta condimentada a base de crisis de deuda, crisis financiera, crisis institucional y creciente inestabilidad política, está llevando a Zapatero a realizar casi continuamente en el Congreso el doble salto mortal sin red de protección. El presidente parece que confía en que siempre le salve el vértigo al precipicio que puede sentir CiU, atenta a impedir en la medida de lo posible que las elecciones generales se celebren antes que las catalanas. Este calvario parlamentario está rompiendo las costuras de un grupo parlamentario donde cada vez hay mayor malestar por la falta de debate interno.

 A las voces ya tradicionales de los diputados de Izquierda Socialista a favor de analizar en profundidad los recortes sociales que está promoviendo el Gobierno, se han sumado la de parlamentarios que hasta ahora habían permanecido mudos, como Antonio Gutiérrez, situado al frente de la Comisión de Economía. En los corrillos de pasillos, en los bares y restaurantes que rodean la Carrera de San Jerónimo, se observan ya muchos gestos de incomodidad con un Gobierno que no ofrece explicaciones ni siquiera puertas adentro y que sólo parece estar sometido a los controles internos, inexistentes por su propia naturaleza, que Zapatero suele ensayar los lunes en las reuniones de maitines. Allí sólo escucha a sus fieles y, en opinión de algunos de los que acompañaron al presidente desde Nueva Vía,  éste sólo oye lo que le parece, evitando todo tipo de contrastes en las reuniones de ejecutiva que se celebran en la madrileña calle Ferraz. Desaparecidos hace tiempo los contrapoderes dentro del PSOE y del Gobierno, Zapatero lo sigue fiando todo a su intuición, a sus conversaciones de móvil y a sortear con éxito las sorpresas que le depara la inestabilidad parlamentaria del día a día. Ya han dejado de serle tan útiles como antes las conversaciones personales con Josep Antoni Durán i Lleida (CiU), controlado a distancia por Artur Mas, o con Josu Erkoreka (PNV), igualmente influenciado por los equilibrios de poder que con tanta dificultad gestiona Iñigo Urkullu dentro del nacionalismo vasco.

En el Grupo Socialista no preocupa tanto ahora que la reforma laboral supere la convalidación en la Cámara Baja como el sombrío panorama que se abre para el otoño, donde los diputados tendrán que torear auténticos morlacos. A la negociación presupuestaria, todavía pendiente de despejar, se sumará la de la propia reforma laboral y la de las pensiones, procesos que estarán aderezados por la convocatoria de una huelga general en la que el guión ha estado manejado, sobre todo, por Cándido Méndez, en detrimento de las estrategias y los calendarios que defendió Ignacio Fernández Toxo. Será una protesta protegida por el airbag de los sindicatos europeos y, por lo tanto, relativamente vacunada contra el fracaso. Sí, nos espera un otoño caliente, repleto de reformas inacabadas, en el que posiblemente un cambio de Gobierno no serviría a Zapatero para iniciar la remontada. Si antes el presidente no convoca elecciones anticipadas, las catalanas se tornan cada vez más decisivas.

Federico Castaño

Esta semana