SUS SEÑORÍAS  
Nº 1377 - 26 de julio de 2010

Zapatero, sometido al directorio del nacionalismo vasco y catalán

Ni siquiera la recuperación de un veterano como Txiqui Benegas para la negociación parlamentaria le ha valido al PSOE para domesticar las ambiciones del Partido Nacionalista Vasco, la formación que en estos momentos tiene la llave maestra para que prosperen los Presupuestos estatales del año que viene. Tan dura está siendo la negociación y tan disparatadas son las condiciones que Iñigo Urkullu está poniendo para alcanzar un acuerdo que el equipo de Elena Salgado ya se ha puesto a otear el horizonte de una posible prórroga presupuestaria. La conclusión que se extrae entre los diputados socialistas que están en la pomada es que la prórroga no generaría grandes problemas económicos, aunque políticamente se haría insostenible para José Luis Rodríguez Zapatero.

Hasta que el PNV no muestre sus cartas en septiembre, el Gobierno estará entra la espada y la pared. Zapatero tiene pendiente una remodelación profunda de su Gabinete, pero encuentra problemas objetivos para abordarla, a la espera del visto bueno a los Presupuestos y también de la huelga general del 29-S, una cita que los sindicatos tienen mucho miedo a encarar porque no terminan de percibir el clima social que garantizaría una respuesta razonable a la convocatoria.

A la espera de qué decisión adopte Zapatero sobre el calendario de esta remodelación pendiente, posiblemente condicionada al cartel con el que el PSOE concurrirá a las próximas elecciones generales, Urkullu y sus huestes han decidido apretar todas las tuercas en Madrid para compensar la pérdida de poder en el País Vasco y el riesgo de quedarse sin sus feudos tradicionales. A saber: las diputaciones de Álava y Guipúzcoa y la Alcaldía de Bilbao.

Zapatero, conocidas sus habilidades como malabarista, va a intentar evitar la convocatoria de elecciones anticipadas sin dinamitar el Gobierno que Patxi López preside en el País Vasco. Lo que le exigen al presidente los nacionalistas vascos es difícilmente asumible porque significaría una especie de pacto del Tinell exportado a los ayuntamientos de Euskadi y a las tres diputaciones forales para marginar al PP de toda responsabilidad institucional. Es fácil entender la ambición del PNV en términos políticos, pero sería difícilmente comprensible que Zapatero accediera a estas pretensiones, sobre todo por dos razones: la fuerte influencia que ejerce el socialismo vasco sobre el conjunto del PSOE y también los intereses electorales adosados a cualquier decisión de esta naturaleza. Los socialistas saben hace tiempo que el País Vasco vota en toda España. Regalar al PNV esta llave sería tanto como enterrar uno de los pocos experimentos, el del Gobierno vasco en manos del PSE ayudado desde fuera por el PP, que les ha salido bien desde 2004.

El diálogo con el PNV no está siendo nada sencillo porque en el fondo Urkullu no se fía de Zapatero. Teme que le haga lo que le hizo a Artur Mas en la negociación estatutaria, cuando el presidente llegó a prometer al líder de CiU en La Moncloa que en Cataluña gobernaría la lista más votada. Por eso, pactar a diez meses vista que el PNV no será desalojado de sus feudos de poder puede llegar a ser papel mojado. Sobre todo si, como es probable, Artur Mas y Durán i Lleida dulcifican su lenguaje hacia Zapatero después de instalar de nuevo a CiU en la plaza de San Jaime. Los nacionalistas catalanes suelen dirigirse estos días al presidente como si lo hicieran a un cadáver político al que han puesto deberes para coronar todas las reformas en curso y obligarle, inmediatamente después, a convocar las elecciones.

Un triunfo de CiU con mayoría absoluta podría cambiar las cosas en Cataluña y en Madrid, se opina en el PSOE. Si Artur Mas no necesita el favor de Mariano Rajoy para gobernar de forma estable, las ventajas para Zapatero pueden dispararse de forma exponencial. Se abriría entonces el camino para que a CiU le interesara ayudar al PSOE a agotar la legislatura. Cualquier cosa, admiten fuentes nacionalistas, con tal de impedir un triunfo del PP con mayoría absoluta.

 Por ello, las elecciones catalanas abren un amplio abanico de posibilidades, unas mejores, otras peores, para Zapatero. Y por esto mismo el PNV no se fía, no quiere servir de nuevo como un kleenex de usar y tirar. Y ha decidido subir el precio de su apoyo, ante la desesperación de numerosos diputados socialistas que ya dan evidentes muestras de cansancio. Tienen que soportar a un Gobierno extenuado, a un presidente decidido a hacerse al haraquiri electoral y conviven en un grupo parlamentario sumido en la depresión y un PP cada vez más crecido y dispuesto a sentarse tranquilamente en una silla para ver pasar el cadáver del enemigo.

No sabemos todavía hasta qué punto tendremos un otoño caliente. Lo que sí es seguro es que hasta que no pasen las elecciones catalanas y se supere la huelga general, Zapatero no tendrá sobre la mesa todas las cartas de navegación que necesita para pilotar el barco sin turbulencias. De momento, el timón está fuera de su control, en manos de los intereses de CiU y del PNV.

 Esperemos que las guardias del verano que se decidan desde La Moncloa en los diferentes Ministerios sirvan para algo más que para responder a los desvaríos estivales de la oposición y alguien en algún despacho oficial, por recóndito que sea, se ponga manos a la obra para que el Gobierno, éste o el nuevo, pueda inaugurar el nuevo curso político con el oxígeno indispensable para transmitir algo de optimismo y tranquilidad. No es seguro.

Federico Castaño

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