SUS
SEÑORÍAS |
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| Nº 1358 - 15 de marzo de 2010 |
El PP alienta la agoníade la legislatura mientras Zapatero se enroca con su Gobierno Como el Gobierno no espabile, los ciudadanos acabarán creyendo que todo lo que sea prolongar la legislatura terminará siendo una pérdida de tiempo. Hace mes y medio que el portavoz económico del PP, Cristóbal Montoro, lanzó la primera señal sobre la estrategia que ha puesto en marcha Mariano Rajoy para convencer a los españoles de que asisten a una legislatura agónica cuando apenas acaba de atravesar el paso del Ecuador: de aquí a 2012, vaticinó Montoro, Zapatero no será capaz de sacar adelante una sola reforma económica de las que realmente necesita el país. Su mensaje fue complementado hace unos días desde la tribuna del Congreso, con cajas destempladas, por la diputada Celia Villalobos, casada con Pedro Arriola, sociólogo de cabecera de José María Aznar y, ahora, de Rajoy: ¡Convoquen elecciones y el PP resolverá los problemas que ustedes no saben resolver!, gritó la polémica ex ministra de Sanidad. Mientras el Gobierno no deja de dar, día sí, día también, muestras claras de agotamiento, el principal partido de la oposición se ha servido de la plataforma del Palacio de Zurbano, camino ya de ser desmontada, para agitar su alternativa. Una rebaja del IVA exigida en el Congreso vale mucho menos que una iniciativa de idéntico contenido exhibida en la calle Zurbano o en cualquier hotel de la capital. Esta es una paradoja que explica de alguna forma la saturación de iniciativas que sufre el Parlamento y la expectación que levanta cualquier propuesta lanzada a sus espaldas. En el PP ya hay quien está proponiendo en plan de broma que la alternativa económica completa se presente en alguna isla del Caribe, como suelen hacer las firmas automovilísticas cuando invitan a la prensa a conocer alguno de sus nuevos modelos. Después de la representación de Zurbano, el Congreso ya no vende. Agotamiento, como decimos, en el Gobierno y cierta perplejidad en la oposición por el eco que empiezan a tener algunas de sus propuestas. Los diputados que más experiencia política acumulan a sus espaldas observan estos días como cualquier convocatoria de Cristóbal Montoro reúne a muchos más periodistas que la de muchos ministros. Y esta circunstancia la interpretan como una señal evidente de que el PP empieza a oler a poder. Otro termómetro muy útil consiste en pasar lista en los numerosos desayunos que se convocan casi a diario en Madrid, donde también se detecta ya con claridad a los políticos a los que se adivina un gran futuro y a los que hace tiempo han iniciado un claro declive. Las convocatorias de Zapatero son, como es lógico, una excepción. Entre otras razones, porque la concurrencia a ellas ha empezado a estar condicionada por la expectación que despierta la posibilidad de una crisis de Gobierno que el presidente, de momento, ha descartado por la televisión pública ofreciendo una imagen de cierto enrocamiento. Cuando a Alfredo Pérez Rubalcaba le hizo en abril de 2006 ministro del Interior, los medios de comunicación se enteraron a través de un comunicado leído por el propio Zapatero a primera hora de la mañana en Moncloa. La última crisis de Gobierno, que trajo el nombramiento de Elena Salgado como vicepresidenta económica, se le fue al presidente un poco más de las manos y no pudo evitar las filtraciones a la prensa. La del próximo mes de julio, si es que finalmente se produce en esa fecha, puede deparar grandes sorpresas y dejar a muchos agraviados por el camino. En realidad, a todos los que en privado culpan de los males del Gobierno al propio presidente por haber anulado, a través de la vicepresidenta primera, a la mayor parte de los ministros. Zapatero, que no está acostumbrado a dejarse presionar por los medios de comunicación y mucho menos a evidenciarlo, tiene dos posibilidades: aguantar estoicamente con el actual equipo gubernamental hasta que el espejismo de los brotes verdes se convierta en un oasis donde llorar penas pasadas o afrontar una amplia remodelación que introduzca coherencia en el Gobierno y, sobre todo, infunda confianza en la opinión pública. La prioridad económica pasa por la creación de empleo, pero la política descansa en la detención de la sangría de voto que se detecta en la práctica totalidad de las comunidades autónomas, donde Zapatero hace tiempo que es considerado un estorbo más que una ayuda para ganar elecciones. O el presidente reconstruye pronto un relato coherente de política económica o el tsunami que se intuye podría sufrir el PSOE en mayo del año que viene puede convertirse en algo más que un fenómeno meteorológico y arrastrarle a una humillante derrota electoral en 2012 que aboque a su partido a una larga y penosa travesía del desierto. Hay diputados socialistas que no comprenden todavía por qué Zapatero no cede y compatibiliza los tiempos de Moncloa con los de los sufridos candidatos autonómicos, sobre todo ahora que se aprecia un naufragio sin paliativos de la presidencia europea, a duras penas disimulado por sus principales protagonistas. Tomás Gómez, por ejemplo, agradecería mucho a José Blanco, ministro de Fomento y número dos del partido, que le diera el plácet definitivo para concurrir a las autonómicas madrileñas alejando cuanto antes el fantasma de nuevos paracaidistas. Porque si el pretexto del presidente del Gobierno para retrasar la designación de candidatos es el descarte de varios ministros pendientes de viajar a los carteles electorales de comunidades autónomas y ayuntamientos, al final todos pueden encontrarse con la sorpresa de que el factor tiempo es el que aboca al PSOE a un fracaso seguro en los comicios de mayo. Y si este se produjera, no habría Gobierno capaz de frenar la fría carrera de Mariano Rajoy hacia La Moncloa. Al tiempo. Federico Castaño |
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